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¿Hasta dónde ir en nuestras relaciones con las dictaduras ?

La Nación (Chili), 22 mars 2010


Por Jean-Baptiste Jeangene Vilmer/Filósofo y jurista francés/Le Monde

Contrariamente a una idea bastante extendida, en relaciones internacionales realismo y moral no se oponen, sino que son interdependientes.

La visita oficial a París del Presidente de Turkmenistán generó una pregunta recurrente, pero a la que nadie responde : ¿en qué medida debe tener Francia relaciones con dictaduras ? Francia, es decir, a la vez el Estado francés en sus relaciones ; el pueblo francés, que se encuentra a través de la democracia involucrado en esas relaciones ; y las empresas francesas : ¿en qué medida deben trabajar en esos países, firmar contratos con regímenes autoritarios que se sabe violan los derechos humanos ? No faltan los ejemplos, que suscitan regularmente interrogantes, desde la presencia de la (petrolera francesa) Total en Birmania a los Juegos Olímpicos en China.

Dos respuestas simplistas y opuestas son populares. La primera, idealista, se indigna de que Francia (patria-de-los-derechos-humanos) pueda siquiera conversar con esa gente y postula la ausencia de relaciones. La segunda, cínica, recuerda que “negocios son negocios” y que hay que dejar la moral a la puerta de los intereses. Esos dos polos sustentan un debate que, desde luego, no existe. ¿Por qué descartar, en primer término, la respuesta idealista ? ¿Por qué la solución no serían las relaciones con las dictaduras ? Primeramente, porque eso reforzaría su aislamiento, que les permite actuar con impunidad. Los vínculos son palancas de presión.

La respuesta idealista que consiste en decir que deberíamos dejar de tener esas relaciones es producto de una buena intención, pero tiene efectos perversos. Sigue siendo, sin embargo, popular (la indignación siempre encuentra eco en la buena conciencia de la población), por lo es utilizada en la comunicación política. ¿Por qué, en segundo término, descartar la respuesta cínica ? ¿Por qué no dejar la moral a los filósofos y hacer negocios allí donde hay negocios por hacer ? Por al menos dos razones. Por una parte, porque la tendencia va por la moralización de las relaciones internacionales. Los estados occidentales deben cada vez más tomar en cuenta el peso de las opiniones domésticas y de los actores no estatales. Buscan justificar moralmente sus políticas y desarrollan una retórica de promoción de la democracia y protección de los derechos humanos, que corresponde no sólo a sus valores, sino y sobre todo a sus intereses, es decir, a la imagen que desean dar. Poco importa en todo caso que esta utilización sea instrumental o hipócrita, ya que el resultado es el mismo : la moral cuenta.

Por otra, debido a que el abandono de la moral no sólo complicaría al Estado : también sería malo para los negocios. Pese a su aparente estabilidad, las dictaduras son estados frágiles, en los cuales las decisiones son arbitrarias, porque dependen del humor y los caprichos de uno o varios hombres. Esas condiciones no son en nada propicias para los negocios. Promover la democracia y el respeto de los derechos humanos contribuye a mejorar las condiciones en las cuales se trabaja.

Contrariamente a una idea bastante extendida, en relaciones internacionales realismo y moral no se oponen, sino que son interdependientes. La moral necesita el realismo para sobrepasar la fase de la sola elucubración ; es decir, para que las soluciones que contempla puedan existir sin convertirse en desilusiones. A la inversa, el realismo necesita la moral, por las mismas razones, es decir para ser realista en un mundo donde la imagen moral cuenta.

Es necesario saber en qué medida pueden las empresas ser forzadas a participar en la propaganda (de las dictaduras) y se debe entonces distinguir entre aquellas que lo hacen para complacer y entrar al mercado, como Public System, que organiza las celebraciones del 40º aniversario de la toma del poder de Kadhafi, y aquellas que lo hacen para mantenerse presencia, porque el dictador hace de ello una condición.Se podría invocar una regla general : podemos tener relaciones con las dictaduras siempre que eso no perjudique a la población local ; podemos cuidar nuestros intereses en la medida que no contradigan los de los habitantes ; y no debemos hacerlo cuando, por el contrario, refuerza la opresión de que son víctimas.

La línea de demarcación es borrosa ; es posible que la cooperación alivie a la población y refuerce a la dictadura (es por lo demás lo que pasa en la mayoría de los casos) y todo depende entonces de un cálculo impreciso de las probables consecuencias, y de su temporalidad, ya que una presencia o un vínculo que alivia en el corto plazo puede tener el efecto perverso de reforzar a largo plazo la opresión. No hay una solución general para lo que nunca deja de ser una serie de casos particulares. El desafío consiste en encontrar, cada vez, una respuesta justa.

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